Esa noche me acosté con una inquietud clavada en el pecho. Kael dormitaba a mi lado, pero sus orejas permanecían tensas, como si él también oliera algo que yo no alcanzaba a comprender. No pasó mucho antes de que me venciera el sueño, pero sus sombras no trajeron descanso: me encontré de pie otra vez en Valemyst, y todo ardía.
La ciudad que recordaba apareció desbocada, calles llenas de gente corriendo, gritos recortados en el aire y columnas de humo que mordían el cielo. Un ejército emergió p