La lluvia comenzó incluso antes de que llegaran al cementerio, como si Moscú estuviera de luto ese día con el cielo gris mientras varios vehículos iban llegando lentamente al santuario Novodévichi.
En su mayoria amigos cercanos a la familia Romanov y compañeros del hospital de Alma, vestido completamente de negros y paraguas en manos.
Frente a ellos el ataúd cerrado y el sacerdote se cabello canoso que dirigiría la ceremonia.
—Nos reunimos hoy para despedir a Alma Petrova, una hija, amiga y