—Andrei… Dios… —jadeó ella, mordiéndose el labio inferior para no gritar.
Sus dedos se aferraban a la nuca de Andrei mientras él estaba arrodillado entre sus piernas, lamiendo sus pliegues y jugando con su clítoris.
La lengua del joven Romanov era implacable. Lamió su clítoris con movimientos lentos y circulares, succionándolo con devoción, alternando con lengüetazos largos que recorrían toda su humedad.
Dos de sus dedos estaban profundamente dentro de ella, curvándose en el punto exacto