A las once y veinte de la mañana, Lilibeth cruzó corriendo la entrada de servicio del hotel. Respiraba agitada, con el pecho subiendo y bajando rápidamente. El reloj marcaba veinte minutos de retraso.
Apenas entró al área del personal, su supervisor apareció inmediatamente, bloqueándole el paso con una expresión de desprecio.
—¡Lilibeth!
—Señor Collins, lamentó tanto mi retraso —expresó agachando su cabeza de inmediato, intentando controlar su respiración.
—Siempre la misma historia. ¿Qué