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EL DIABLO SABE TU NOMBRE

En el momento en que se llevaron a la hermana Camila, el aire cambió. No solo en el jardín, sino dentro del pecho de Catalina, como si algo se hubiera desprendido, y cada respiración desde entonces llegara fracturada y mal.  

Se quedó allí demasiado tiempo, intentando repetir en su mente la última mirada de la monja —la advertencia en sus ojos, el peso en su voz— cuando sintió que el aire volvía a tensarse. Pasos. Medidos. Limpios. Se volvió antes de que la sombra cayera sobre el sendero, y ahí estaba él. Don Esteban Torres. El padre de Lucien. Ahora caminando solo. Sin guardias. Sin alardes. Solo silencio, precisión y unos zapatos de seda que parecían no atreverse a recoger polvo.  

No dijo nada al principio. Solo la miró. Sonrió apenas. Como si observara una pieza de ajedrez que se había salido del tablero.

Entonces lo dijo. No en voz alta. No con amenaza. Solo un susurro vestido de traje.

—Valentina.

No intentó moverse. Su sangre dejó de fluir. Sus huesos se volvieron hielo. Él volvió a sonreír —pequeño, cortés, imperturbable—. Luego pasó junto a ella como si no acabara de detonar todo lo que había construido.

No se volvió. No lo siguió. Todo su cuerpo permaneció anclado en el lugar, como si moverse fuera romper la ilusión de lo que acababa de hacerse añicos.

Valentina.

Él lo sabía. Siempre lo había sabido.

Logró volver a la habitación, cerró la puerta con llave, se quitó el pañuelo del cuello y cayó al suelo como si las rodillas ya no pudieran sostenerla. El pulso le golpeaba en la boca, en los oídos, en el estómago.

¿Cuánto tiempo lo había sabido? ¿Cuánto había visto? Y —Dios la ayudara— ¿cómo demonios sabía que estaba embarazada?

Su mano se deslizó hasta el vientre, todavía plano, todavía suyo. Pero ya no oculto.

Rebuscó desesperada hasta encontrar el teléfono desechable que guardaba bajo el entablado, lo encendió con los dedos temblorosos y marcó el código de Isa. La línea se conectó enseguida.

—Dime que estás sola —dijo Isa de inmediato, con voz baja.

—Estoy sola —susurró Catalina.

—Él lo sabe.

Hubo un silencio al otro lado.

—¿Esteban? —preguntó Isa. Catalina asintió, aunque nadie podía verla.

—Mierda —exhaló Isa.

—Dijo mi nombre real.

Otro silencio. Luego Isa volvió a hablar, con la voz tensa.

—Lo sabe desde hace un tiempo, Valentina. Justo te iba a llamar por eso. Acabo de entrar en un canal interno. Registros de audio. Marcas de vigilancia. Detectaron tu rostro el día que entraste en el Velvet Room. Ese vino que serviste… no fue solo un momento. Fue protocolo. Eras la prueba.

A Catalina se le secó la boca.

—¿Una prueba?

—Para ver si Lucien caía. Para comprobar si traicionaría el código. No se suponía que sobrevivieras tanto tiempo. Se suponía que fueras una tentación. Que te midieran. Que te controlaran. Que te eliminaran. En el momento en que él empezó a protegerte, te convertiste en un riesgo.

Catalina se recostó contra el armazón de la cama, la visión nublándose.

—Hay más —dijo Isa, bajando la voz hasta un susurro—.

Esteban ordenó tu ejecución.

El aliento de Catalina se cortó.

—Quiere que desaparezcas. A ti… y al bebé también.

Catalina se aferró al borde del tocador, se puso de pie lentamente, el corazón golpeándole como un grito dentro del pecho.

—¿Lucien lo sabe? —preguntó ella.

Isa vaciló.

—No cuando se dio la orden. Pero creo… creo que ahora sí lo sabe.

La explosión llegó esa noche. No ocurrió con balas, ni sirenas, ni sangre manchando el mármol. Sucedió en susurros. En puertas cerradas con llave. En un ala de la casa donde el sonido no viajaba y nadie interrumpía a la familia del diablo cuando discutía. Valentina no vio cómo empezó. Pero escuchó lo que vino después. Portazos. Vidrios rompiéndose. Un solo grito. Luego, silencio.

Salió de su habitación lentamente, avanzando por el pasillo como un fantasma, descalza otra vez, esta vez no por elección, sino por necesidad. El aire estaba espeso, cargado de calor, de estática, de algo crudo e inacabado. Entonces lo vio.

Lucien, de pie en el corredor, sin camisa, con sangre manchando sus nudillos. No habló. Sus ojos se encontraron con los de ella, y por primera vez desde que llegó a esa casa maldita, Valentina vio algo parecido al pánico en su mirada. Dio un paso hacia él. No la detuvo. Ella extendió la mano, tocó su muñeca, y él la dejó; luego le tomó la mano y, sin decir una palabra, la condujo de nuevo a su habitación.

Lucien la besó como si intentara meterse dentro de su cuerpo, desaparecer bajo su piel y ahogarse en lo poco que no estaba maldito. Sus manos eran desesperadas, rudas, no crueles, pero sí hambrientas—como si hubiese estado privado de algo que solo ella podía darle. Valentina no lo detuvo. Lo dejó consumirla, con los dedos aferrándose a su espalda, la boca saboreando la sal y el hierro en su garganta. La ropa se rasgó. Los botones saltaron.

Su cuerpo se abrió para él como si hubiera estado esperando, doliendo, y cuando él la penetró, no fue amor. Fue posesión y duelo, con un toque de sangre que aún se secaba en sus manos. La tomó en la cama, luego sobre el tocador, después en el suelo. Sin dulzura. Sin suavidad. Solo necesidad. Cruda, implacable, llena de preguntas que ninguno se atrevió a pronunciar. Cuando ella llegó, le mordió el hombro, dejando una marca que tardaría días en desaparecer. Cuando él terminó, colapsó a su lado, respirando con dificultad, el pecho subiendo y bajando con violencia.

Él no preguntó dónde había estado. Ella no preguntó a quién había matado. Pero ambos sabían que algo había cambiado. La casa había mutado. El aire se había vuelto más denso. Y, en algún lugar profundo de los cimientos, un rey había caído.

A la mañana siguiente, Catalina despertó en silencio. Lucien ya no estaba. Pero los guardias eran diferentes. Ya no eran los hombres de la casa. Estos llevaban otros trajes. Se erguían con más firmeza. Observaban con más atención. Y cuando ella pasó junto a ellos rumbo a la terraza, asintieron. No porque fuera una amante. Sino porque ahora era algo más.

Lucien Torres había tomado el control del imperio. La noticia ya se extendía. Se decía que Don Esteban había sufrido un derrame. O un accidente. O que había desaparecido durante un retiro privado. Las versiones no coincidían aún. Pero el mensaje era claro. Había un nuevo rey.

Y Catalina—Valentina—se encontraba al borde del imperio como una mujer que se había quemado y aún pedía más.

Él todavía no sabía quién era ella. No sabía que había venido para destruirlo. No sabía que cargaba un hijo que no formaba parte del plan.

Y aun así, ella no podía dejar de temblar cuando él la tocaba. No podía dejar de desear al hombre que vino a arruinar.

Porque el poder no solo corrompe —también seduce—.

Y ahora, estaba profundamente dentro de la cama del diablo…

…y más adentro de su reino de lo que jamás había planeado llegar.

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