Las luces se cortaron como si alguien hubiera arrancado la ciudad de sus enchufes.
La oscuridad devoró la celda, densa y asfixiante. Solo el zumbido de los generadores y el golpeteo entrecortado de botas resonaban en la negrura.
Catalina apretó más a Gabriel contra sí. Sus manitas se clavaban en su camisón. La voz de Isa siseó desde algún punto cerca de la pared, aguda, presa del pánico: —Quédate abajo, Cat. No te muevas.
El gruñido de Lucien rasgó la oscuridad. —¡Diego!
El estruendo de los rif