Las luces se cortaron como si alguien hubiera arrancado la ciudad de sus enchufes.
La oscuridad devoró la celda, densa y asfixiante. Solo el zumbido de los generadores y el golpeteo entrecortado de botas resonaban en la negrura.
Catalina apretó más a Gabriel contra sí. Sus manitas se clavaban en su camisón. La voz de Isa siseó desde algún punto cerca de la pared, aguda, presa del pánico: —Quédate abajo, Cat. No te muevas.
El gruñido de Lucien rasgó la oscuridad. —¡Diego!
El estruendo de los rifles partió el aire; los destellos de las bocas de fuego tallaron relámpagos en la habitación. Lluvieron chispas. Los gritos llegaron después. Los hombres cayeron como piedras.
Catalina apretó a Gabriel contra su pecho, temblando, el calor de la pólvora raspándole los pulmones. Podía sentir a Lucien moviéndose —un animal desatado— cada disparo puntuado por sus rugidos.
Diego rio. En medio del caos, su voz era firme y suave. —Puedes matar a mis perros, Lucien, pero no puedes matar la verdad.
—¡Mué