La lluvia en Bogotá no caía —cortaba.
Cuchilladas oblicuas y feroces que convertían las calles en espejos y los callejones en riachuelos.
Catalina estaba bajo un arco en ruinas, empapada a pesar del chal que Isa le había echado encima.
La ciudad olía a diésel, ladrillo mojado y algo podrido debajo, como si el pasado se filtrara siempre entre las piedras.
Isa tiró de su brazo.
—Ya ni siquiera parpadeas, Cat. Me estás asustando.
—No puedo parpadear —susurró Catalina—.
Si lo hago, lo