La lluvia en Bogotá no caía —cortaba.
Cuchilladas oblicuas y feroces que convertían las calles en espejos y los callejones en riachuelos.
Catalina estaba bajo un arco en ruinas, empapada a pesar del chal que Isa le había echado encima.
La ciudad olía a diésel, ladrillo mojado y algo podrido debajo, como si el pasado se filtrara siempre entre las piedras.
Isa tiró de su brazo.
—Ya ni siquiera parpadeas, Cat. Me estás asustando.
—No puedo parpadear —susurró Catalina—.
Si lo hago, lo veré.
A Gabriel.
Solo, asustado, esperando.
La sombra de Lucien llenó el arco.
Sin chaqueta, la camisa abierta en el cuello, el cabello pegado al cráneo por la lluvia.
Parecía menos un príncipe esa noche, más un lobo golpeado, pero no roto.
—Manténganse cerca —dijo con voz ronca, destrozada de tanto gritar a hombres que le habían fallado—.
Nadie se separa.
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El convoy se movía como una bestia por la ciudad:
SUVs negras, motores demasiado ruidosos, luces apenas encendidas.