La lluvia no cesaba. Caía en cortinas, convirtiendo los callejones en ríos y la noche en un borrón de cuchillos plateados.
Lucien empujó una puerta oxidada detrás de una panadería abandonada. Las bisagras chillaron, pero el ruido de la calle lo ahogó. Tiró de Catalina por el brazo para meterla, con Isa pegada a sus talones y Gabriel aún aferrado a su pecho como un segundo latido.
Dentro estaba oscuro, el aire cargado de moho y harina rancia desde hacía tiempo.
Lucien cerró la puerta de un golpe