Mundo ficciónIniciar sesión—Alys, tenemos que hablar —manifestó Brandon.
—No tengo nada que decirte —respondió ella. —Vamos, cariño, quedemos en un lugar tranquilo y conversamos con calma, ¿Sí...?. Lo que pasó con Sara no es como tú crees —respondió Brandon. Alys lo detuvo en el acto y le dijo: —¡No necesito tus explicaciones! Entre nosotros todo terminó. En ese instante, cortó la llamada y fue a encontrarse con Maya. El café quedaba en una zona exclusiva de la ciudad; tomó un taxi que la llevó hasta el sitio. En el momento en que cruzó la puerta principal, echó un vistazo alrededor y pudo divisar a su amiga, que estaba sentada en una de las mesas cerca de los ventanales laterales, los cuales daban una magnífica vista de la zona urbana. Al verla, Maya se puso de pie y se dieron un abrazo y un beso en la mejilla. El lugar era bastante acogedor y estaba de moda. Maya era de buena familia y estaba acostumbrada a frecuentar esos lugares tan selectos. —Alys, mira te recomiendo estos postres, son exquisitos —sugirió Maya mirando la carta. —De acuerdo, probemos algunos —respondió la joven con una sonrisa. Después de que recibieron su orden, se propusieron a disfrutarlo, mientras entablaron una charla amena. De repente, un grupo de chicas se acercó y una voz estridente se dirigió hacia ella. —¡Alys, qué sorpresa encontrarte aquí! No nos hemos visto desde que me mudé del apartamento —el tono de su voz era sarcástico y tenía una sonrisa burlona en sus labios. Alys rodó los ojos a modo de fastidio y le respondió: —Mejor sigue tu camino, Sara, no estoy de humor para hablar contigo. Pero ella no estaba dispuesta a marcharse; su fachada de víctima había desaparecido por completo, dando paso a la serpiente venenosa que en realidad era. —Quiero dejarte algo bien claro, querida. Brandon y yo tenemos una relación y es mejor que te alejes de él. Después de todo, tú lo viste con tus propios ojos —refirió Sara con una sonrisa triunfal, mirando su manicura recién hecha. —Si tanto te gustan los infieles; puedes quedarte con él, entre nosotros ya no hay nada —manifestó Alys, sin inmutarse ni un poco. —¡Vaya...! Por fin te quitaste la careta —respondió Maya—. Como tu querido novio no está, decidiste mostrar tu verdadera cara, zorra descarada. —¡Tú...! ¡Cómo te atreves a hablarme así, estúpida! —Sara la señaló con el dedo y apretó los puños a ambos lados de su cuerpo. —¿Sabes qué? Te estoy describiendo tal cual eres: ¡falsa, quita novios, sinvergüenza! —siguió Maya. La discusión se volvió acalorada y algunos clientes ya estaban murmurando. Alys tocó la mano de Maya para que se calmara. —¡Tranquila, amiga! No vale la pena discutir con ciertas personas. Es una pérdida de tiempo. —Tienes razón, querida. Mejor vamos a otro lugar, algunas personas aquí; contaminan el ambiente. Sara se quedó como una estatua junto a sus amigas, que eran igual de envidiosas que ella. Clavó la mirada en la espalda de Alys con una furia contenida y un pensamiento cruzó su mente como una promesa: «Ya verás, Alys Moore; Brandon será mío cueste lo que cueste». Ella, a pesar de aparentar ser amiga de Alys, siempre la había envidiado. No toleraba que los chicos se fijaran más en Alys que en ella y que esta tuviera las mejores notas; tampoco soportaba la belleza y el carisma natural que irradiaba la chica... Sara era una amiga tóxica. ABEL LENOX El grupo Lenox estaba ubicado en un imponente rascacielos que se alzaba en la zona más prominente de la ciudad. No sólo era un espectáculo visual, también estaba dotado de las instalaciones tecnológicas más avanzadas, y la seguridad, contaba con un despliegue impresionante. Por algo era una empresa líder en el mercado global. Entre esos muros de acero y concreto se manejaban miles de millones por día. En la oficina del director general, detrás de su amplio escritorio y sentado en su silla de cuero finísimo, estaba Abel Lenox, CEO del Grupo Lenox. Un hombre frío e imponente, despiadado en los negocios, un genio de las finanzas que, a su corta edad, ya había alcanzado llegar a la cima. Sus ojos permanecían fijos en su ordenador, revisando contratos y cerrando negocios multimillonarios. Pero, en una parte de su cerebro tan brillante, también se reproducía el recuerdo de una hermosa criatura que, sin querer, había captado su atención. Ya habían pasado varias semanas y no sabía nada de ella; ni siquiera había tratado de contactarlo. Pensó en llamarla, pero ella le había dicho que no estaba interesada en una relación por el momento. Alys no era como las otras chicas; cualquiera en su lugar se habría lanzado a sus brazos sin pensarlo dos veces. Sobre su escritorio posaba su foto (la foto de Alys) junto a un expediente completo que le había solicitado a su asistente, Liam. Era la chica que, durante esas dos semanas, no se había podido sacar de la mente. Su teléfono vibró sobre la madera; era una llamada de su abuela: —Mi querido nieto, ¿Cómo estás? —Bien, abuela, estoy trabajando. —¿Cuándo vas a traer a una novia a esta casa? Si no lo haces tú, te concertaré una cita a ciegas yo misma. Otra vez la abuela con lo mismo. Cada vez que podía, le insistía en que buscara una esposa y le diera nietos. No es que le faltaran mujeres que quisieran ser la Sra. Lenox, pero él no estaba interesado en ninguna (al menos, hasta hace unas semanas). —Abuela, ya me estoy encargando de eso. Tal vez conozcas a tu nieta política más pronto de lo que crees —una media sonrisa se formó en sus labios. La abuela se emocionó: —¡Espero que sea pronto, hijo! Mira que cada día me hago más vieja y quiero ver a mis bisnietos antes de partir de este mundo. —No te preocupes, abuela, vivirás muchos años más, y podrás verme casado y con hijos. La llamada finalizó y lo que había sido sólo una idea, se volvió una determinación ¡Alys Moore sería esa mujer! Y el momento de actuar era ahora.






