2. Traición e infidelidad

ALYS

Estaba fuera de mí; no podía creer que ellos me hicieran esto. Me sentí engañada. No era solamente infidelidad; era traición —cruel y pura—. Los insulté de todas las maneras posibles y les tiré la ropa encima antes de echarlos del apartamento.

—Lárguense de aquí, ustedes fueron los que fallaron —bramé con ira.

Brandon trató de explicar lo inexplicable:

—Cariño, ahora estás muy alterada, hablemos con calma —suplicaba una oportunidad para justificarse, mientras terminaba de vestirse.

—No hay nada de qué hablar, Brandon, lo nuestro se acabó.

—Alys, amiga, lo entendiste todo mal... Esto fue un error. No tomes decisiones apresuradas —manifestó Sara entre sollozos fingidos.

Una risa seca y fría raspó mi garganta. «Qué hipócrita», pensé.

—¿Me estás diciendo que meter a mi novio en tu cama... en nuestra propia casa, fue solo un error? ¿Qué tan estúpida crees que soy? —la confronté señalando la salida—. Salgan ya, no quiero volver a verlos, son tal para cual.

Brandon trató de decir algo más, pero las palabras se le atascaron en la garganta.

¿Qué podían decir para convencerme, si lo había visto todo con mis propios ojos? Les grité nuevamente que se marcharan y así lo hicieron.

Al sonar el clic de la puerta cerrándose, la realidad me golpeó con fuerza y en ese instante me derrumbé. Mi cuerpo se deslizó por la pared y caí sentada en el piso; las lágrimas rodaron por mis mejillas sin poder detenerlas y permití que el dolor fluyera.

Después de dejar salir todo ese sentimiento que me ahogaba, decidí darme una ducha y me fui a la cama; esa noche no probé bocado, pues no tenía apetito. Mi corazón estaba herido. «Ese par de traidores no se merecen mis lágrimas y mucho menos mi dolor», pensé.

Tenía que seguir adelante; le pedí a Dios fortaleza para superar este trago amargo. Brandon fue mi primer novio y, aunque no tuvimos relaciones, fue mi primer beso y mi primer amor. Estuve dando vueltas en el colchón hasta que el cansancio me venció y me quedé dormida.

Al día siguiente, me levanté con mejor ánimo y con una determinación: no lloraría más por esos dos hipócritas. Mis padres siempre me decían que yo era una chica fuerte y que, por muy grandes que fueran las adversidades, debía seguir adelante.

Me arreglé para ir a la universidad, como de costumbre, y afortunadamente no me topé con ese par de sinvergüenzas; al salir, me dirigí al trabajo. Mi mejor amiga de la infancia, Maya Harris, me invitó al club de moda. Íbamos a distraernos y pasar el rato. Ella acababa de llegar del extranjero, pues estaba estudiando allá. Mi mejor amiga era una rubia hermosa de ojos azules y cuerpo espectacular; ella y yo nos contábamos todo. Obviamente ya la había puesto al tanto por teléfono de todo lo ocurrido la noche anterior, pero ella quería saber más; con lujo de detalles.

Mi querida amiga Maya me apoyaba en todo y quería darle una lección a los traidores con sus propias manos —eso me dijo durante la llamada—. Me la imaginé dándoles una paliza a los infieles y nos reímos a carcajadas de sus locuras. Ella es como un vendaval.

Cuando salí del trabajo, Maya me esperaba afuera; subimos al auto y fuimos a su apartamento para arreglarnos. Por recomendación de ella me puse un vestido color rojo vino muy hermoso y sexy, zapatos de tacón alto del mismo tono y un maquillaje adecuado para la noche, con los labios bien definidos. El cabello lo dejé suelto con ondas en las puntas y, por supuesto, no podía faltar un perfume exquisito pero sutil.

Ella también se veía deslumbrante con su vestido negro brillante, que resaltaba cada parte de su esbelta figura. El maquillaje y el cabello complementaron su atuendo a la perfección. Su novio, Dilan Carter, nos recogió en su Mercedes Maybach; él es un heredero de la alta sociedad, ama mucho a Maya y la respeta. Su relación es muy estable, ya que están juntos desde la secundaria.

Dilan también es mi amigo, y cuando nos vio salir, los halagos no se hicieron esperar.

—Están muy hermosas, chicas —manifestó como todo un caballero.

Le agradecimos, subimos al auto y luego partimos al Club Cielo Azul, el más glamoroso de Ciudad Mar.

Llegamos y todo en ese lugar gritaba lujo; era el sitio al cual asistía toda la élite de la ciudad. Había mucha gente divirtiéndose en la pista de baile y otros tomaban sus bebidas en la barra, así que buscamos un reservado para sentarnos a conversar; el ambiente era genial. Le di un resumen detallado a mi amiga sobre lo que pasó con Sara y Brandon; ella estaba furiosa, despotricando insultos contra ellos, pero decidimos cambiar de tema y disfrutar de la noche.

Tomamos varios tragos —creo que me excedí un poco, ya que el alcohol y yo no somos muy buenos amigos—. Sonó una música rítmica que está de moda y Maya nos arrastró a la pista de baile.

—Vamos, chicos, esta música me fascina —dijo ella eufórica.

El baile era uno de mis talentos naturales. Comenzamos a movernos al ritmo de la música, me dejé llevar moviendo mi cuerpo de forma sensual —quería sacar toda la frustración y dejar fluir la adrenalina del momento—. Muchas miradas se posaron en mí y me invitaron a bailar, pero me negué; en realidad quería disfrutar solo con mi grupo; me sentí en las nubes, el baile me desestresa.

***

En lo alto de la sala VIP, ajeno a la conversación de sus socios, un hombre de mirada penetrante observaba fijamente a Alys mientras ella disfrutaba abajo con sus amigos. Sostenía un vaso de whisky que ni siquiera llegó a probar. Tenía un porte exquisito, era alto, elegante de hombros anchos y cintura estrecha.

Vestía un costoso traje de diseñador, zapatos a medida y accesorios de edición limitada. Su cabello era negro como la noche y los rasgos de su mandíbula enmarcaban su rostro varonil. El tipo de hombre con el que todas sueñan, su sola presencia atraía e intimidaba a la vez.

Abel, así se llamaba, no era un hombre cualquiera. Su figura evocaba una escultura griega tallada a la perfección y estaba allí con sus ojos fijos en la deslumbrante pelinegra de ojos verdes que movía su cuerpo al compás de la música, mientras que con un movimiento calculado le daba un sorbo a su bebida. Ella, totalmente inocente, ni siquiera se dio cuenta de que había captado la atención del hombre más importante de la ciudad y, quizás, del país.

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