Leonardo entró al consultorio del doctor con pasos firmes, pero con el ceño fruncido. Aunque la preocupación por Camila seguía en su mente, había algo que no le cuadraba del todo. La actitud de ella, siempre tan teatral, lo mantenía en una constante duda. Sin embargo, si había algo que podía calmarlo era escuchar la versión profesional y directa del médico.
—Señor Arriaga, gracias por venir —saludó el doctor Herrera, un hombre de mediana edad con una expresión seria que inspiraba confianza.
—Do