Mundo de ficçãoIniciar sessãoIsabela Arriaga se ve atrapada en un matrimonio de conveniencia con Leonardo Arriaga, un hombre que la ve como una mera obligación, sin amor ni compasión. Casada por contrato, su vida se ve opacada por la presencia de Camila, la mejor amiga de su esposo, quien manipula y se burla de ella a cada paso. Mientras Isabela lucha por encontrar su lugar en una mansión que se siente más una prisión que un hogar, su marido sigue enamorado de la villana que la ha arrebatado no solo su afecto, sino también su dignidad. El tormento emocional de Isabela se ve acentuado cuando se da cuenta de que Leonardo la desprecia y prefiere a Camila. A pesar de su dulzura y sumisión, Isabela no es ajena a la frustración que crece en su corazón, mientras lucha por mantener la calma ante la manipulación constante. En una inesperada muestra de valentía, comienza a desafiar las reglas del juego, buscando ser más que la sombra que Leonardo ha creado a su alrededor. A medida que los celos y la posesividad de Leonardo salen a la luz, Isabela se enfrenta a la difícil decisión de vivir como una prisionera emocional o tomar las riendas de su vida. Pero, ¿es posible que el hombre que la desprecia también pueda amarla algún día? En un enredo de engaños, traiciones y manipulación, Isabela debe encontrar su propia voz antes de que su alma se pierda para siempre.
Ler maisEl caos se desató en la Mansión Arriaga cuando Isabela sintió la primera punzada de dolor. Su respiración se agitó y, con una mano sobre su vientre, buscó a Leonardo con la mirada. —Leonardo… creo que es hora —susurró entre jadeos. Leonardo, que estaba revisando unos documentos en su estudio, sintió cómo su corazón se aceleraba. Salió corriendo al ver la expresión de su esposa y gritó órdenes a los empleados mientras intentaba mantener la calma. Pero justo cuando pensó que tenía todo bajo control, comenzó la verdadera prueba. —La bolsa… la bolsa de maternidad, ¿dónde está la bolsa? —decía mientras abría y cerraba cajones en el cuarto. —Papá… ya se la di a mamá —interrumpió Leandro, que con apenas tres años ya tenía más sentido común que su propio padre en ese momento. Isabela, a pesar del dolor, no pudo evitar reírse al ver a su pequeño hijo tomar la iniciativa y acomodarse junto a ella en la camioneta, asegurándose de que estuviera cómoda mientras Leonardo aún revolvía la c
Leonardo revisaba unos documentos en su oficina cuando su asistente tocó la puerta, interrumpiendo sus pensamientos. Apenas levantó la vista, lo vio ingresar con una carpeta en mano. —Señor Arriaga, el empresario Daniel Han está esperando en la sala de reuniones. La señora Isabela está con él revisando los términos del acuerdo antes de que usted llegue. Leonardo cerró el expediente de golpe, sintiendo una punzada de molestia. ¿Desde cuándo su esposa pasaba tanto tiempo con otros empresarios? No es que no confiara en ella, pero la idea de otro hombre compartiendo atención con Isabela le resultaba insoportable. Al llegar a la sala de reuniones, observó a Isabela con una expresión profesional, explicando algunos detalles a Daniel Han. El empresario la miraba con evidente interés, y aunque no cruzó ninguna línea, eso no evitó que Leonardo sintiera un profundo deseo de marcar territorio. —Espero no estar interrumpiendo —dijo con frialdad, tomando asiento junto a Isabela y posando su ma
El frío de la mañana rusa se desvaneció por un instante cuando las puertas de la iglesia se abrieron. A través de la gran entrada, los rayos de sol se filtraron suavemente, iluminando el pasillo en una suave danza de luz. El aire, fresco y limpio, parecía presagiar algo nuevo, algo hermoso. El murmullo de los invitados se apagó en cuanto todos se dieron vuelta, y la figura de Isabela apareció en la entrada del altar. Vestida con un delicado vestido de encaje blanco, ella avanzaba, cada paso medido, casi flotando sobre la alfombra roja que cubría el suelo. Su rostro, sereno pero radiante, reflejaba no solo la belleza de la joven mujer que había sido la esposa rechazada, sino también la que, con el tiempo, había aprendido a abrir su corazón nuevamente. En sus brazos, el pequeño Leandro, vestido de blanco como su madre, descansaba plácidamente, ajeno a la magnitud de ese momento, con una sonrisa tranquila en su rostro. Leonardo, de pie frente al altar, la observaba en silencio. El vien
El almacén estaba en completo silencio, excepto por el leve crujido de las maderas viejas y la respiración entrecortada de Isabela, quien se mantenía encadenada en una de las sillas, con las muñecas enrojecidas por la presión de las esposas. Sus ojos estaban opacos, pero en su interior, una última chispa de esperanza se mantenía encendida. No sabía cuánto más podría soportar, pero no podía rendirse. Su hijo la esperaba.Leonardo avanzaba con cautela, sosteniendo a Camila con una firmeza que dejaba claro que ella no tenía otra opción más que seguirle el juego. Su mente estaba completamente enfocada en Isabela. Su esposa estaba en algún lugar de ese almacén, posiblemente atada, asustada y sin saber que él había llegado.Camila reía suavemente, convencida de que Leonardo la había elegido a ella. Susurraba palabras incoherentes sobre una familia perfecta, sobre cómo ella siempre había sido la indicada y cómo Isabela solo era una sombra en su destino. Leonardo no prestaba atención a sus de





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