La sirena del coche patrulla de los Mossos d'Esquadra no pedía paso; exigía sumisión.
¡WEEEE-OOOOO-WEEEE-OOOOO!
El vehículo zigzagueaba por la Gran Via de les Corts Catalanes a ciento veinte kilómetros por hora, ignorando las leyes de tráfico, la lógica y la seguridad vial. El agente al volante, un joven con los nudillos blancos sobre el cuero del volante, se tomaba la orden de "vida o muerte" de forma literal.
En el asiento trasero, el mundo era una mancha borrosa de edificios grises y semáfor