El eco del golpe de las puertas al abrirse se desvaneció, dejando tras de sí un vacío acústico absoluto.
En la Sala Penal Nº 4 de la Ciudad de la Justicia, nadie respiraba. Nadie se movía.
El Juez Moretti, un hombre de setenta años que había visto de todo en su carrera, se quedó petrificado con el mazo en alto, como una estatua de cera.
El taquígrafo dejó de teclear.
El jurado popular, compuesto por nueve ciudadanos que hasta hacía un segundo miraban el reloj deseando irse a comer, se inclinó h