El mundo olía a cieno podrido y gasolina.
Diego Salazar arrastró el cuerpo inerte de Elena por la orilla fangosa del Llobregat. Sus botas se hundían en el lodo gris, pero no se detuvo hasta que estuvieron en tierra firme, sobre la grava sucia bajo el pilar del puente roto.
La soltó con cuidado, pero con urgencia.
Elena no se movía.
Su piel tenía un tono azulado bajo la capa de suciedad. Sus labios estaban morados. Sus ojos, abiertos y fijos, miraban al cielo nublado sin verlo.
No había movimien