El garaje subterráneo del piso franco olía a gasolina, a grasa vieja y a la tensión eléctrica que precede a una tormenta.
Elena Vargas ajustó la correa de la mochila táctica negra. Pesaba. Dentro llevaba bengalas, un botiquín de primeros auxilios avanzado, munición extra para la pistola que Diego le había obligado a aceptar y el portátil encriptado con el código de anulación de Medusa.
No era el equipaje de una CEO. Era el equipaje de un soldado.
—Revisa la presión de los neumáticos traseros —l