El Centro Penitenciario Brians 1, a cuarenta kilómetros de Barcelona, no olía a miedo, como decían las películas. Olía a lejía industrial, a sopa de repollo recocida y a desodorante barato para enmascarar el olor a humanidad confinada.
Elena Vargas estaba sentada en el locutorio número cuatro.
La silla de plástico duro estaba atornillada al suelo. Frente a ella, un cristal blindado de tres centímetros de grosor, rayado y sucio por mil conversaciones desesperadas, dividía el mundo en dos: la lib