El sonido en el laboratorio ya no era de fideos sorbidos ni de risas cansadas. Era el sonido seco, repetitivo y violento de las teclas de un teclado mecánico siendo castigadas a una velocidad inhumana.
Rafael Montoya estaba inclinado sobre su estación de trabajo, bañado en el resplandor rojo de tres monitores que mostraban el colapso en tiempo real de su realidad.
—¡Maldita sea! —gritó, golpeando la mesa con el puño cerrado.
En la pantalla central, un mapa del mundo se estaba tiñendo de carmesí