Sofía cerró la puerta que daba al jardín con suavidad, sacudiendo con discreción sus manos. Había estado cortando algunas flores marchitas, buscando despejar su mente, aunque en el fondo sabía que aquello no bastaba para calmar el nudo persistente en su estómago. Justo cuando subía los escalones hacia la entrada, el motor de un coche se oyó detenerse frente a la casa. No había entrado en el estacionamiento privado, aquello solo lo podía hacer Naven.
Una figura descendió del auto con elegancia,