El eco de las ruedas se deslizaba por el mármol con precisión quirúrgica. Naven avanzaba por el pasillo con una quietud que no pertenecía a ningún ser común. La silla de ruedas no lo hacía parecer menos dominante; al contrario, cada giro de las ruedas resonaba como una sentencia muda. Su espalda erguida, su perfil imperturbable. No necesitaba hablar. El peligro lo precedía como una sombra.
Sofía caminaba detrás de él, con pasos ligeros, casi temerosos. Sus manos recogidas sobre el vientre, la