La madrugada en el hospital era una silueta de sombras largas y susurros apagados. Las luces tenues titilaban como si también tuvieran frío, y la calefacción, traicionera y silenciosa, parecía haberse rendido horas atrás.
Sofía abrió los ojos lentamente, como si el mismo aire helado le pesara en los párpados. Sentía la frialdad trepando por sus brazos, como hilos de escarcha recorriéndola, y por un instante pensó en levantarse a buscar una manta. No lo hizo.
Entonces, la voz.
—¿Tienes frío? — S