El cielo estaba despejado, pero no cálido. Era uno de esos días que parecían suspendidos en una calma expectante, como si el sol mismo estuviera conteniendo el aliento. Sofía se miró una vez más en el espejo antes de salir. Había elegido un vestido sencillo de lino blanco, con mangas tres cuartos y una falda que le rozaba las rodillas. Nada llamativo, pero sí cómodo, fresco, libre.
Quería sentir eso: libertad, aunque fuera prestada por unas horas, después de aquel almuerzo tan pesado con Naven.