La luz dorada de la tarde se deslizaba entre los árboles del jardín como una caricia lenta. Las hojas bailaban al ritmo del viento tenue y cálido, ese que apenas roza la piel pero deja huella. El silencio allí no era pesado, como dentro de la mansión, sino sereno, con el canto lejano de un ave y el crujido ocasional de la grava bajo algún paso distraído.
Sofía no tenía intención de encontrarse con nadie. Solo buscaba aire fresco. La llamada con su hermana y ver a sus sobrinos fue bastante recon