La mañana se deslizaba suavemente por los ventanales de la mansión Fort. Un aroma ligero a flores frescas flotaba en el aire, traído por la brisa que se colaba entre las cortinas. Sofía se encontraba en la cocina secundaria, esa que apenas era utilizada por los dueños de la casa, pero que parecía ser el territorio indiscutible de Inés.
La mujer, de cabello canoso recogido en un moño impecable, servía el té con una precisión casi ceremoniosa. Sus movimientos eran tranquilos, como si no hubiera n