El aire de la mañana madrileña estaba impregnado de humedad, pero el sol resplandecía tímidamente entre las nubes. Sofía caminaba por la acera con pasos lentos, una bufanda delgada cubriéndole el cuello, sus manos ligeramente temblorosas dentro de los bolsillos de su abrigo beige.
Inés había insistido en acompañarla, pero Sofía se negó. Necesitaba moverse, respirar, distraerse, aunque fuese solo por unos minutos. Le había dicho que solo saldría un momento a la farmacia, que no tardaría.
Pero la