El despacho de Naven Fort, por años, había sido símbolo de poder, estrategia y dominio. Ningún papel estaba fuera de lugar, ninguna carpeta sin clasificar. Las maderas nobles, el mármol impecable del piso, el aroma tenue a cuero de los sillones… Todo hablaba de orden. De control.
Pero esa mañana, el aire se sentía distinto.
El silencio era espeso. El reloj de pared marcaba las 9:41, pero Naven no lo escuchaba. Sus ojos, enrojecidos, vagaban por el espacio como si no reconociera el entorno. Su m