El sol había terminado de descender, dejando una luz dorada que todavía acariciaba los bordes de los muebles en la sala. Sofía salió de la cocina, con las manos vacías y el corazón palpitando con fuerza. Su pecho aún retenía el peso de aquella mirada, de aquel roce. Las palabras de Naven seguían flotando en su mente como ecos persistentes. “Quiero la verdad”.
Cuando entró a la sala, sus pasos se detuvieron apenas al ver la figura de su esposo.
Estaba sentado en el sofá, con las piernas ligerame