A lo largo del día, la oficina se convierte en un campo de batalla psicológico donde cada orden es un desafío y cada respuesta un dardo envenenado. Adrián se vuelve impredecible; en un momento le ordena cancelar todas sus citas de la tarde con una frialdad absoluta, y al siguiente le exige que se quede a su lado mientras interroga a un proveedor, ignorando deliberadamente su presencia para luego atraparla en el pasillo y susurrarle órdenes al oído que la dejan temblando.
Valeria no se queda a