El contacto de mis manos sobre sus pectorales esculpidos desata la tormenta que ambos llevábamos días reprimiendo en los silencios de la mansión. Los ojos de Adrián se dilatan por completo, transformándose en dos pozos de furia y lascivia incontrolable. Antes de que pueda emitir otra palabra, sus manos enguantadas se cierran alrededor de mis muñecas con un agarre de acero implacable, levantándome los brazos por encima de la cabeza con una fuerza bruta que me arranca un jadeo de sorpresa.
Me em