–Estoy volviéndome malditamente loca –exclama Valeria en un susurro cargado de veneno, mientras camina de un extremo a otro de la estancia con movimientos erráticos y felinos, haciendo que la seda roja de su vestido sisee contra sus piernas como una advertencia silenciosa en medio del silencio sepulcral que domina la planta alta.
El color del vestido, un carmesí violento que evoca la sangre y el pecado, parece una burla cruel a su situación actual; es la vestimenta de una soberana para alguien