Adrián esboza una sonrisa lenta y peligrosa, deslizando el pulgar sobre la pantalla de su teléfono para enviar un mensaje corto a la seguridad de la planta alta mientras se recuesta en su asiento con la confianza de quien sabe que está a punto de detonar una bomba emocional.
El ambiente en el gran salón está saturado de una testosterona agresiva, un duelo de egos donde el aire se vuelve denso y difícil de respirar entre dos hombres que no conocen la palabra derrota.
–Prepárate, Bruno, porque