–Ay, mi querida, hermosa y profundamente predecible Valeria– Dice Adrián Volkov, mientras emerge de entre las sombras más densas y oscuras de la estructura portuaria, justo al lado de la grúa donde se ocultaba el tirador, con una calma verdaderamente aterradora y asfixiante, portando esa máscara de frialdad sociopática y arrogancia corporativa que utiliza para doblegar a los ministros de la nación, mientras su mirada oscura y desprovista de cualquier rastro de escrúpulos se clava en la figura