Adrián no responde de inmediato; en su lugar, se zafa del abrazo con una rigidez aristocrática que congela el ambiente. Camina hacia su imponente sillón de cuero negro con pasos medidos, casi robóticos, y toma asiento de manera meticulosa, cruzando las piernas mientras apoya los codos sobre el escritorio de caoba. Su mirada es una máscara de hielo tallada por los pecados de su linaje.
–Lamento informarte, Caterina, que tu hija ha actuado de una manera completamente deplorable –declara Adrián,