NARRA ADRIÁN
Al llegar a la mansión con los neumáticos quemados por la velocidad desbocada de mi sedán deportivo, desciendo de forma inmediata al sótano subterráneo con las facciones desfiguradas por un resentimiento, cruzando las compuertas de hierro que mis ingenieros blindaron para contener cualquier filtración de las redes aduaneras.
Al abrir la pesada puerta metálica de la celda de confinamiento, la veo atada firmemente de pies y manos a una silla de madera rústica bajo la mortecina ilu