–¿Qué… qué estás diciendo? –La voz de Valeria quiebra el silencio sepulcral del subsuelo, arrastrando un hilo de saliva y desesperación. – No es posible que Richard me haya hecho esto… ¡No después de todo lo que arriesgué por él!
Sus ojos, antes dos esmeraldas altivas en las oficinas presidenciales, se dilatan hasta volverse dos pozos de terror absoluto. Se retuerce en la silla de madera, provocando un chirrido violento que rebota en las paredes de concreto. Cada intento de zafarse solo logra