–Maldito seas, Adrián Volkov, maldito seas por el resto de tus días –grita Valeria con la voz rota por la frustración erótica más profunda, descargando un golpe violento con el puño cerrado contra la superficie de acero del ascensor privado que todavía conserva el eco de sus cuerpos entrelazados, mientras el temblor de sus piernas, saturadas por una electricidad erótica insatisfecha, la obliga a avanzar con pasos vacilantes hacia el ala administrativa.
Se deja caer con pesadez en la silla del