–¿Me estás diciendo que no eres capaz de sostener una simple mirada sin que los dedos te tiemblen sobre el borde de la bandeja, Valeria? –la voz de Adrián Volkov desciende por la inmensidad de la suite presidencial con la pesadez de una losa de granito negro, rompiendo el murmullo constante de la lluvia que azota los ventanales blindados en esta fría mañana de jueves.
Valeria no retrocede un solo milímetro; al contrario, aprieta las manos alrededor de la porcelana de la taza de café que acaba