Se agacha y la levanta del suelo tomándola por los hombros con una fuerza descomunal pero cargada de una extraña urgencia protectora, utilizando sus manos grandes para limpiar con brusquedad las impurezas y el polvo de la falda del vestido esmeralda, sintiendo el calor ardiente de los muslos de la joven vibrar a través de la fina tela de seda. La sienta de un golpe firme en la silla de cuero y se inclina sobre ella de tal manera que sus rostros quedan a escasos milímetros de distancia, permitie