—¿Qué pasa? ¿Por qué no hablas? ¿El gato se te comió la lengua? —su voz, mordaz y llena de burla, me sacó de mi parálisis momentánea.
Un impulso extraño, como una sensación cálida que deshacía mis propios miedos, me hizo olvidar por completo el peligro que representaba estar allí. Mis dedos, casi sin darme cuenta, se aferraron al borde de mi blusa, y mis pies permanecieron clavados al suelo, como si no pudiera irme, como si algo me mantuviera allí, cerca de él. Me sorprendí a mí misma al darme