—No quiero que me abofetees de nuevo, solo estoy reclamando mi premio —había dicho él.
Y lo hizo tan bien que aún podía sentir el calor de sus manos en mis mejillas, su boca sobre la mía, y su lengua...
—¿En qué estás pensando?
La voz de Carla irrumpió como un balde de agua fría, arrancándome de golpe de aquel torbellino.
Estaba tirada en mi cama, con la vista fija en el techo de nuestra habitación, intentando en vano borrar las sensaciones que se habían quedado grabadas en mi piel. Su proximid