—No hace falta que la humilles —escuché a mi lado una voz tranquila, aunque teñida de reproche.
Me giré de inmediato, encontrándome con Manuel recostado despreocupadamente contra una mesa cercana, una bebida en la mano y esa expresión neutral que parecía usar como escudo.
—¿Disculpa? —arqueé una ceja, utilizando mi tono afilado como una daga.
Él tomó un sorbo de su vaso, dejando que el momento se prolongara antes de contestar.
—Suficiente tiene con ser la… ¿cómo fue que lo dijiste? Ah, sí, la s