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Adri

Toc, toc. Llamé a la puerta de Diego con cautela.

—Adelante —respondió su voz grave desde dentro.

El estómago se me dio la vuelta de los nervios y abrí la puerta. Diego estaba solo, sentado tras su escritorio. Alzó la mirada y se encontró con la mía.

—¿Querías verme?

—Sí, siéntate, por favor.

Me dejé caer en la silla y entrelacé las manos con tanta fuerza que se me pusieron los nudillos blancos.

Sus ojos no se apartaban de mí.

—¿Cómo estás?

—Bien, gracias —bajé la mirada al escri
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