Diego
—Tenía que irme —tartamudeó ella.
—¿Por qué? —gruñí.
—Necesitaba llegar temprano al trabajo.
—¿No pensaste en despertarme? —exploté—. Me estás cabreando.
—No empieces con tu mierda de justicia moral. Me iré cuando me dé la gana —la llamada se cortó.
Inspiré profundamente; nadie me colgaba a mí. Nadie.
Apreté la mandíbula y lancé el teléfono al sofá. Esta mujer era un infierno.
Entré en mi oficina, abrí la computadora y accedí a las grabaciones de seguridad. Me senté, esperando que cargara