El amanecer llegó con una lengua húmeda y cálida arrastrándose por el cuello de Artemis. Haciendo que todo su cuerpo despierte de inmediato.
—Mmm, cinco minutos más —murmuró, enterrando su cara más profundamente en el pelaje de Zubek. La lengua del gran lobo insistió, ahora lamiendo su rostro.
—Zubek, déjame dormir —Un gruñido suave, casi divertido, vibró contra ella. Luego sintió su hocico empujando suavemente su hombro.
—Artemis… mi corazón, despierta. —Su voz era más clara esa mañana, las pa