Sin tiempo para recuperarse, Aisha fue arrastrada y arrojada a una celda. Su respiración era errática, y el cabello enmarañado le caía sobre el rostro. La venda fue arrancada de sus ojos de manera brusca, dejando que la luz tenue revelara su entorno: paredes de piedra húmedas, barrotes oxidados, y en celdas cercanas, los rostros heridos y agotados de Rasen y Steven.
El latido de su corazón se aceleró al verlos allí, una chispa de esperanza iluminando la oscuridad de su mente.
—¡Déjenlos en paz!