El auto avanzaba por el camino oscuro y sinuoso, la silueta de la mansión de Sanathiel emergiendo en el horizonte como un coloso oscuro que parecía devorar la luz. Aisha apenas podía moverse, las esposas apretaban sus muñecas mientras la mordaza silenciaba cualquier protesta.
Lionel, con su aire de control absoluto, miraba a Aisha con una mezcla de posesión y arrogancia.
—Eres mía, Aisha. Y nadie, ni siquiera Sanathiel, podrá cambiar eso —susurró, acariciando su rostro con una familiaridad que