Mientras tanto, en el corazón de la comunidad de los Trece, la atmósfera era opresiva. La cámara secreta, apenas iluminada por las tenues llamas de velas dispuestas en candelabros de hierro, parecía contener más sombras que luz. Allí, sentado en un trono de mármol negro tallado con intrincados grabados, estaba Varek, su figura imponente dominando la sala.
Sus ojos, de un violeta profundo, observaban a Darían con una mezcla de desdén y cálculo. Frente a él, el antiguo líder permanecía de pie, su