El aire olía a tierra húmeda y a hierro. La brisa de la noche se enredaba en mis cabellos mientras avanzaba entre los árboles, con la vista fija en la oscuridad que se extendía más allá del bosque. Mi mente aún ardía con las últimas palabras de Darían, con la traición tatuada en cada rincón de mi memoria. Todo lo que habíamos enfrentado parecía desvanecerse en una bruma lejana, reemplazada por una sola certeza: Zaira.
Siempre pensé que el pasado podía enterrarse, que uno podía huir de él, dejar