47. LO QUE ME DIJISTE ESA NOCHE
—Uno más —pidió Irina que se estaba quedando sin respiración, pero no se daba por vencida.
—No, debes ir a la casa —le advirtió el enorme hombre con una sonrisa, pero también con un par de perlas de sudor por su frente.
Definitivamente Irina estaba mejorando al puno de ponerlo a sudar.
—Poseidón, por favor —parecía suplicante.
—Niña, no podemos...
Pero Irina no lo dejó terminar de hablar, estaba obsesionada con intentar derrumbar los casi dos metros del hombre, tenía un palo en su mano y lo l