148. EL INFIERNO SE ARRODILLA
La noche en la ciudad olía a pólvora.
A muerte.
A guerra.
Los motores de las camionetas negras rugían atravesando la ciudad mientras la lluvia golpeaba brutalmente los ventanales.
Nadie hablaba.
Porque no había nada que decir.
Matteo iba al frente.
Con ambas manos sobre el volante.
Y los ojos completamente muertos.
El italiano ya no parecía humano.
Parecía el mismísimo demonio vestido con traje oscuro.
A su lado, Jack revisaba armas con la precisión fría de un soldado entrenado para sobrevivir